viernes, 21 de mayo de 2010

Lo poco que sé

Ahora empiezo un nuevo instante de final impreciso, con la única certeza de encontrar providencia en cada paso, en cada esquina y aún en la oscuridad oculta; porque cada día y cada segundo es nueva oportunidad, porque he visto claramente en la historia de las vidas, que la norma que nos rige sólo brinda bienestar y que todo lo que vive el corazón que está en vigilia, asegura mi azimut, el camino a mi destino, que no importa dónde quede, de seguro es el mejor. Aún no sé leer los signos pero tengo fe en que existen y que se hallan en la luna o en el libro de recetas, en el llanto de un bebé, en el agua de la ducha, en la ráfaga de viento, en el grito del sermón, en el canto repitente de la rima de un autista, en la flor o en sus raíces o en la tierra en que creció. Quien se digne a acompañarme entenderá que soy humano o que al menos yo lo intento mientras caigo y me levanto, me verá sonreír un rato por un abejón de mayo, cerrar los ojos ante una canción y tal vez, sólo tal vez, bendecir la esquina de la mesa donde golpeé mi rodilla. Hay tristezas y bemoles que jamás entenderé pero entiendo algo más simple que alimenta mi esperanza: hasta la pequeña lágrima debía salir cuando lo hizo, para provocar que por efecto de su gran pequeño gesto el trayecto de mi vida se parezca más a mí.

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